Entrada al “Concurso de minicuentos en honor al maestro Juan Rulfo” | El devorador de sombras

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Anselmo se detuvo en el mirador a contemplar el pueblo que sobresalía de aquella montaña. Entre neblina y árboles y rocas, y un cartel azul con letras blancas y una flecha que señalaba y decía: Musupis. Se quedó un rato allí, con el viento soplando. Miró hacia el auto y le sonrió a Ana. Ambos habían estudiado medicina y antes de graduarse tenían que hacer lo que en el gremio se llamaba "Labor rural". Cuando les dieron a escoger en donde querían servir, ambos miraron los mapas, buscaron información por internet y escucharon sugerencias de amigos. Sin embargo, cuando se decidieron por Musupis algunos miraban para otro lado, ponían caras extrañas o simplemente les decían que no debían ir allí.

Algunos les contaron historias fantásticas sobre ese lugar, como que el pueblo siempre desaparece y cambia de lugar, o que allí no habita nadie; también les dijeron que cuando caía la neblina la gente que se encontraba en la calle desaparecía... A ambos estos cuentos les parecieron meras fantasías.

Allí estaban, Anselmo y Ana se conocieron en la universidad. Al coincidir sus horarios se veían a menudo, así que estudiaban juntos, frecuentaban los mismos círculos de estudios y así, como quien no quiere la cosa, empezaron a salir hasta el punto de que decidieron hacer sus vidas juntos.

Ahora que iban a finalizar sus carreras se aventuraron a un pueblo remoto, difícil de encontrar en los mapas; un pueblo enclavado en lo más remoto de las montañas andinas. Habían rodado más de cuatro horas para estar allí, y allí sobresalía, entre las nubes, la punta de la iglesia.

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Anselmo volvió al carro y se frotó las manos. Tomó el volante y siguieron su marcha. Al llegar al pueblo notaron que las calles eran estrechas y que no había gente por ningún lado. Se apostaron en la plaza. Miraron para todos lados. El dispensario, así como la iglesia y la jefatura civil y policial estaban cerrados. El sol pegaba de lleno, y no se podía creer que a pesar del frío sintieran que se estaban quemando.

Vieron en una esquina un zaguán abierto. Era el dispensario. Se dirigieron hasta allí y al entrar encontraron que estaba solo. Llamaron varias veces, pero nadie salió. Anselmo sintió un escalofrío al salir del lugar, y se lo comentó a Ana.

Siguieron caminando por las calles desoladas del pueblo, y encontraron un bazar abierto. Al entrar encontraron a un hombre en el mostrador, cubierto por un sombrero que le cubría parte del rostro.

-Buenas tardes. Disculpe, buen hombre. Estamos buscando al médico del pueblo. Venimos de la ciudad...

-Aquí no hay ningún médico - le contestó el hombre sin siquiera mirarlo -de hecho, aquí no hay nadie. Este pueblo está abandonado a la buena de... Ja ja ja -y su risa fue estridente y espantosa. Ana apretó con fuerza la mano de Anselmo, quien a su vez se puso pálido y estuvo dispuesto a dar media vuelta, pero el hombre se lo impidió.

-¿No se dan cuenta? -dijo el hombre -Aquí nadie necesita de sus servicios. Nadie. Aquí no existe la vida ni el amor, si acaso la luz y eso porque yo no la puedo detener -levantó su cabeza y ambos se conmocionaron.

-No tiene ojos -dijo Ana con voz temblorosa.

-Claro que no tengo ojos, pero puedo ver la luz, puedo ver la silueta de sus cuerpos y saber perfectamente el miedo que abunda en sus corazones. Puedo sentirlo y alimentarme de él. Por eso no hay nadie aquí, porque los he devorado.

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El hombre comenzó a flotar y se dirigió a la pareja, que estaba petrificada ante aquella espantosa visión.

En lo alto de la montaña unos campesinos encontraron a dos jóvenes deambulando por el frío páramo. Deliraban y decían cosas incongruentes Al verlos caminar se dieron cuenta que sus sombras no se proyectaban. Su terror fue a más cuando les escucharon decir que el devorador de sombras se tragará la vida de quienes se crucen en su camino.

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