Nadie sabe quienes son o que es lo que quieren, se aparecen por las noches para causar caos, terror y sufrimiento por mera diversión. Hay quienes dicen que son desequilibrados mentales o criminales que hacen lo que hacen por mero entretenimiento, ya que eso es lo que hacen los payasos.
La policía ha puesto bajo arresto a incontables agresores que tenían la misma manía de cometer fechorías mientras iban disfrazadas como payasos de circo, pero estas simplemente eran sustituidas por otras personas que salían de noche a cometer atrocidades.
Se cree que son parte de una red criminal, pero corre el rumor de tratarse de una secta secreta que busca la discordia social.
La policía hace todo lo que puede para eliminar ese mal de raíz, pero hasta entonces, se recomienda no salir a la calle de noche por seguridad.
Pero en la noche de Halloween, es imposible detenerlos...
En la noche de Halloween habia un terror inusual plagado en el aire, en el pueblo de Boca Ratón, la luna llena, redonda y pálida, iluminaba su brillo opaco en las calles. Hordas de niños disfrazados con bolsas de plástico en mano se movían de un lado a otra como hormigas, corrían de puerta en puerta reuniendo caramelos, era muy divertido para los pequeños.
Sin embargo, en los callejones oscuros, otra clase de "diversión" tenía lugar.
Jeremy, un joven de 19 años con un historial de vandalismo, lideraba a su grupo de amigos. Para ellos, la noche no se trataba de pedir caramelos con el clásico "Dulce o truco", sino del terror que genera diversión.
Vestidos con máscaras de goma y ropa oscura, se dedicaban a aterrorizar a los niños más pequeños, robándoles sus botines y riéndose descaradamente. Se sentían intocables, los depredadores de la noche.
Todo marchaba bien para el grupo; la adrenalina de la maldad ajena los embriagaba. Caminaban por las calles con mucha seguridad, pero la suerte cambió drásticamente cuando decidieron atajar por un callejón sin salida cerca de la antigua carnicería del pueblo.
Al final del callejón, inmóvil en la penumbra, estaba él. Un hombre vestido de payaso. Pero no era un disfraz de tienda. El traje era descolorido, manchada de algo que parecía sangre seca. Su maquillaje era escalofriante: una sonrisa roja pintada que se extendía mucho más allá de las comisuras de sus labios, su rostro era blanco y exageradamente grande.
—¡Oye, Payaso! ¡Lárgate de aquí o te arrepentirás! —gritó Jeremy para seguir con su bravuconearía.
El payaso no habló. Solo ladeó la cabeza con un crujido sordo, similar al de una rama seca rompiéndose. Y de repente, el aire cambio de dirección. La risa del payaso comenzó emergió y subió de tono hasta convertirse en un chillido inhumano que paralizó a los jóvenes.
No corrieron; porque no pudieron. Las sombras del callejón cobraron vida, envolviendo los tobillos de los amigos de Jeremy. Uno a uno, fueron arrastrados hacia la oscuridad mientras el payaso se acercaba lentamente desde lo profundo del callejón.
Jeremy, el último en quedar en pie, vio cómo la inmensa sonrisa del payaso se abría, revelando filas de dientes afilados como agujas.
—¿Quieres ver un truco, Jeremy? — dijo el payaso con una voz gutural.
Y de una mordida, trituro su cabeza...
Al amanecer, el callejón estaba vacío. Solo quedaba una máscara de goma tirada en el suelo... En las semanas siguientes, los postes de luz del pueblo se llenaron con las fotos de Jeremy y sus amigos.
"DESAPARECIDOS", era lo que ponía en los carteles de se busca. Nadie los volvió a ver, pero en las noches de luna llena, cerca de la carnicería del pueblo, se escuchan sus gritos pidiendo perdón.
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