Los ojos que recuerdan

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Los ojos que recuerdan.png La clínica estaba en una avenida discreta, con un nombre tranquilizador y una fachada de vidrio que prometía cuidado. Nadie sospechaba que, tras esas paredes blancas, el silencio tenía peso.

El médico era exactamente lo que una paciente confiaría sin dudar: alto, fornido, cabello oscuro salpicado de canas, barba cuidada, ojos azules de una calma hipnótica.

Su voz era gentil; su sonrisa, un refugio. Al estrechar la mano, transmitía seguridad. Demasiada.

Allí llegaban mujeres jóvenes y saludables. Consultas de rutina. Estudios preventivos. Exámenes que no dejaban huella. Y luego, la nada.

El pasillo

Tras la elección —siempre meticulosa—, el médico guiaba a la paciente por un pasillo que no figuraba en los planos públicos.

Las luces eran bajas, el aire más frío. El eco de los pasos parecía ir delante, avisando.

Algunas despertaban con la boca sellada por el miedo, el pulso desbocado, la respiración hecha fragmentos.

No había gritos: solo el zumbido constante de la clínica y el olor aséptico que no deja recuerdos claros.

El trayecto terminaba en un salón de operaciones que brillaba como un altar.

El salón

El acero ordenado sobre mesas móviles reflejaba luces limpias. Instrumentos alineados con una precisión obsesiva.

Todo parecía preparado para salvar una vida, y esa era la parte más cruel.

No hubo sangre descrita ni escenas explícitas; hubo, sí, una sensación: la certeza de que cada objeto tenía un propósito irreversible.

El médico trabajaba con una serenidad inhumana. Sus movimientos eran exactos, medidos, sin prisa.

Lo que ocurría después quedaba envuelto en un velo que la mente intenta apartar: el cuerpo vivo reducido a un cálculo, la conciencia aferrándose a segundos que se estiran como horas.

Los parques

Los cuerpos aparecieron en cinco parques distintos de la ciudad, siempre al amanecer, siempre en bancos visibles.

No era un mensaje: era una costumbre. Diez en total. Cada uno con una historia distinta de llegada y despedida.

La ciudad aprendió a no mirar.

La detective Lara Montalvo sí miró.

EVA

Lara había creado una IA distinta. EVA no identificaba rostros ni patrones policiales; reconstruía percepciones.

Conectada a los últimos diez minutos retenidos por los ojos —esa memoria mínima que a veces persiste—, EVA recomponía sensaciones: la temperatura, la luz, las manos.

Diez relatos emergieron. Diez finales distintos unidos por el mismo inicio: confianza.

—Las manos —repitió EVA—. Siempre las manos.

La resistencia

La policía local rechazó el método. Demasiado ético para unos, demasiado peligroso para otros.

Lara insistió. La ignoraron.

Así que decidió convertirse en prueba.

La paciente

Lara pidió una cita. Un síntoma creíble. Una urgencia menor.

El médico la recibió con la misma sonrisa que había precedido a todos los finales. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario.

—Puede acompañarme —dijo.

El pasillo volvió a estrecharse. La detective permitió que el miedo hiciera su trabajo.

Necesitaba que cada cámara, cada puerta, cada gesto quedara registrado.

El salón la aguardaba.

La pregunta

El médico cierra la puerta del salón.

El silencio se vuelve espeso.

Lara respira hondo. EVA observa.

Nada más se cuenta.

Ahora te toca a ti:

¿Crees que la detective saldrá con vida de la clínica?

¿La policía recapacitará y aceptará la IA como herramienta para resolver crímenes?

¿Hasta dónde debería llegar la tecnología cuando la justicia falla?

La historia queda abierta. Lo que ocurra después… se decidirá en los comentarios.

·inSpooky Zone·by
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