La vieja casa parecía dormida, arropada por una fría mañana. En el cielo un tímido sol intentaba asomarse entre las nubes. Diego trataba de recordar lo que sucedió anoche en el bar de Emiliano. Sentía en la garganta su saliva amarga y espesa. Se levantó de su catre y caminó rumbo al baño. Pensó que aún seguía ebrio, un piso rústico de tierra, paredes de barro, vigas de madera, era la casa del abuelo. Una fuerte brisa levantó tierra del patio interno, era como arena de playa que aguijoneaba la piel de Diego.
Todas las habitaciones tenían cortinas que se elevaban como fantasmas. Pasó por la cocina y allí estaba la abuela Devota, de espaldas, moliendo maíz, al lado de un tinajero cuya gota semejaba un reloj antiguo. Al ver más allá del gran patio, notó unas brasas encendidas en el gallinero. Había alguien allí, la borrachera y las ganas de ir al baño se espantaron.
La candela en el fogón crepitaba, el gallinero tenía vida, allí estaban sembrados el cedro amargo y el merecure, la choza estaba en pie junto a tres toneles de agua. Alguien se movía tras la humareda, la tierra seguía danzando, entorpecía la visión. El hombre salió de la cortina de humo. Diego pudo verlo al fin. Sombrero de palma, piel seca y curtida, camisa abierta, pantalón de tela y alpargatas. Mascaba chimó y navaja en mano hacía surcos en unos palos para atarle cabuyas. Diego rompió la quietud, la puerta del gallinero era un esqueleto de madera de bote con dos láminas de latón atravesadas por clavos y alambres.
—Abuelo… balbuceó Diego.
El viejo levantó la mirada. Las gallinas y los pollos se sobresaltaron con el sonido, alzaron sus pescuezos de lado a lado, el gallo bajó del merecure y se posicionó sobre un tonel, aleteó con fuerzas para marcar territorio, los patos y los pavos se escondieron.
—Qué jue mijó, qué hace por aquí— dijo el abuelo Cipriano, sin mayor expresión en su rostro.
El humo de la brasa era una barrera entre ambos, a Diego le picaban los ojos, la leña era de guásimo verde.
—Abuelo hemos tratado de hablar con usted para que vuelva.
El viejo escupió saliva con chimó en la tierra.
—Ni tabaco, vela, baraja o brujería van a hacer que yo vuelva.
La brisa ahora revolvía tierra y humo con intensidad mientras un sol cobarde parecía huir de la escena. Diego sabía que aquel gallinero era el santuario del viejo Cipriano, allí se refugió tras salir del Ministerio de Hacienda. Aguzaba sus sentidos buscaba tinajas, pimpinas, latas, la pala y la chicura, un desnivel al pie de los árboles, algún indicio de entierro.
El anciano observó a su nieto con una mueca de decepción, escupió el chimó y bebió un trago de poncigué que tenía en un pocillo de peltre.
—Sabe lo que más me arrecha mijó, que tu mai la fiestera te puso Diego porque ibas a ser un futbolista famoso y resulta que saliste marihuanero y borracho. ¿Buscas las morocotas?
Esta vez el viejo esbozó una media sonrisa y dijo con frialdad:
—La ira la dejé en las montoneras, defendiendo a generales que no fueron soldados. Tres veces fui a caballo pa' la capital a aventurá. Con Sinforiano casi me matan, me dieron siete plomazos, con Escolástico me llevaron preso un año, pero con Hermógenes sí la pegué. Él llegó a presidente y como yo sabía leer me hizo funcionario. Un cerro de doblones españoles y águilas gringas pasaron por mis manos, pero yo me jodí pa' tener todo eso.
Diego escuchaba con atención, los ojos ya no le picaban, el abuelo hablaba de las morocotas que fundaron la mitología de Villa Verde.
—Pero me vine pa' ca a echar raíces, entendí que un país no se construye con montoneros codiciosos sino con familia y trabajo, que el tiempo filtra más que piedra de tinaja. Pero na' más me fui y se comieron las aves, vendieron las herramientas y hasta el DeSoto que le gané a Vargas Chacón. Me rompieron toda la casa buscando las fulanas morocotas. Herencia un carajo. Además, ti te mataron anoche en una pelea donde Emiliano por lambucio.
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