Pedro tiene 75 años y una espalda ligeramente encorvada por el peso de los años... y de las historias que nunca dejo de cargar consigo. Es un hombre delgado, de manos grandes y nudosas, marcadas por el tiempo, con uñas siempre limpias y cuidadas como si cada dedo fuera una herramienta sagrada. Su cabello, completamente blanco, cae desordenado sobre una frente amplia surcadas de arrugas profundas, esas que no hablan de tristeza, sino de una vida pensada, sentida y observada con atención. Sus ojos, de un marrón claro casi dorado, conservan una chispa viva, inquieta, curiosa...la mirada de alguien que nunca dejó de preguntarse por el mundo.
Pedro es escritor. No es famoso, no ha publicado en grandes editoriales. De esos que escriben porque no saben vivir de otra manera.
Durante más de cincuenta años, su compañera inseparable fue una vieja máquina de escribir color crema, pesada, robusta, con algunas teclas ligeramente desgastadas por el uso constante. Pedro la llamó Matilda. No por capricho, sino porque, según él, "los objetos que nos acompañan toda la vida merecen un nombre y un alma".
Matilda no solo escribía palabras. Marcaba el ritmo de sus pensamientos. Tac,tac,tac... Cada tecla golpeando el papel era como un latido. El sonido metálico llenaba la habitación y le daba forma a las ideas. Para Pedro, escribir no era solo pensar; era escuchar.
Sus nietos, llenos de amor y buena intención, llevaban años intentando convencerlo de usar una laptop.
—Abuelo, es más fácil. —Puedes guardar todo. —Hay programas que corrigen errores. —Incluso existe inteligencia artificial que puede ayudarte a escribir mejor.
Pedro sonreía, asentía con educación, pero volvia a sentarse frente a Matilda. No era terquedad. Era identidad.
Hace unos meses, Matilda dejó de funcionar. Pedro la cuidaba como a un ser vivo: limpieza constante, revisiones, aceite en los engranajes, fundas protectoras. Pero el tiempo no perdona ni las máquinas más fieles. Una mañana al presionar la tecla "A", no hubo sonido. Ni golpe. Ni respuesta. El silencio llenó la habitación como una ausencia brutal.
Pedro intentó repararla. Llamó a técnicos. Busco piezas que ya no se fabrican. Nada. Matilda había llegado a su final.
Ese día, Pedro no solo perdió una máquina. Perdió una parte de sí mismo.
Poco a poco comenzó a encerrarse. Dejó de escribir. Los cuadernos permanecían en blanco. Las ideas seguían ahí, pero no encontraba cómo sacarlas. Se sentía viejo. Fuera de lugar. Obsoleto. Como si el mundo hubiera avanzado sin esperarle.
Cuando sus nietos insistían con la laptop, Pedro lo intentaba... pero se sentía torpe. Las manos que conocían de memoria la posición de cada tecla mecánica ahora dudaban frente a un teclado silencioso y liviano. Las pantallas lo cansaban. Los menús lo confundían. Las explicaciones rápidas lo abrumaban. —Mi cabeza ya no da para esto —pensaba—. —No nací para esta época.
La tecnología que para muchos es sinónimo de progreso, para Pedro se había convertido en un recordatorio constante de lo que ya no era.
Y aquí surge una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Cuántas personas mayores de 70 años se sienten así hoy?
Vivimos en un era donde todo es rápido, digital, automático. Damos por sentado que todos pueden adaptarse, aprender, actualizarse. Pero olvidamos algo esencial: envejecer no significa dejar de sentir, de crear o de aportar. Significa necesitar más tiempo, más paciencia, y sobre todo, más empatía.
No se trata de obligar a Pedro a usar inteligencia artificial, aplicaciones o herramientas digitales. Se trata de acompañarlo, de traducir ese nuevo mundo a su lenguaje, sin anular su historia.
Tal vez la tecnología no deba reemplazar a Matilda, sino tenderle un puente. Tal vez una laptop no tenga que ser enemiga, sino una buena aliada, presentada con calma, con respecto, sin infantilizar.
La inteligencia artificial puede ayudar, si. Puede corregir textos, ordenar ideas, facilitar procesos. Pero no puede reemplazar la emoción que Pedro sentía al escuchar el sonido de las teclas. Y ahí está el verdadero desafío: integrar la tecnología sin borrar la humanidad.
Pedro no necesita que le digan "es fácil". Necesita que le digan: "Estoy aquí. Vamos paso a paso. Tu forma de escribir sigue siendo valiosa".
Porque el problema no es la tecnología. El problema es una sociedad que avanza tan rápido que olvida mirar hacia atrás y tomar de la manoa a quienes caminaron antes.
Hoy, Pedro sigue sin escribir. Pero tal vez, si alguien se sentará a su lado, no para imponerle un sistema, sino para escuchar su historia. Matilda podría renacer de otra forma. No con el mismo sonido, pero con el mismo amor.
Pregunta para abrir el debate
Si tu estuvieras en el lugar de Pedro, con 75 años y toda una vida escribiendo en una máquina de escribir.
¿qué harías? ¿Intentarías adaptarte a la tecnología? ¿Buscarías una alternativa intermedia? ¿O defenderías tu manera de crear hasta el final?
Imagen tomada y creada en Canva



